“Que regulen, pero que no prohíban”: la voz de los estudiantes frente al debate por el uso del celular en las aulas

Entre argumentos pedagógicos y reconocimientos honestos, los alumnos formoseños piden un uso responsable de la tecnología, no su eliminación.
El debate sobre el uso del teléfono celular en las escuelas no es nuevo, pero sigue generando posiciones encontradas. En las últimas semanas, la discusión volvió a cobrar fuerza en distintos ámbitos educativos de todo el país, y Formosa no es la excepción. Para conocer la perspectiva de quienes viven el tema en primera persona, dialogamos con estudiantes de diferentes años y establecimientos, quienes —entre risas, mochilas y uniformes de distintos colores— no dudaron en hacer escuchar su voz con claridad y convicción.
La postura mayoritaria que emergió del intercambio es contundente: no están de acuerdo con una prohibición total, pero sí con una regulación clara y consensuada. Lejos de defender el uso indiscriminado del dispositivo, los jóvenes plantean una mirada más madura y equilibrada de lo que muchos adultos podrían imaginar.
Una herramienta, no solo un entretenimiento
“Está mal que lo prohíban porque lo usamos para hacer la tarea”, expresó una estudiante, quien explicó que el celular muchas veces cumple la función de herramientas básicas que antes ocupaban el diccionario, la enciclopedia o la biblioteca. “Es una herramienta de trabajo”, coincidió otro compañero, resumiendo en pocas palabras lo que parece ser el argumento central de la mayoría.
Y no es una percepción aislada. Los estudiantes describieron situaciones concretas en las que el dispositivo forma parte integral del proceso de aprendizaje: buscar información para resolver consignas, acceder a contenidos multimedia, comprender conceptos complejos o simplemente verificar datos en tiempo real. En ese contexto, la prohibición total aparece como una medida que iría a contramano de la forma en que hoy se produce y circula el conocimiento.
La autocrítica también está presente
Sin embargo, la defensa del celular no es ciega ni absoluta. Con una honestidad que sorprende, varios alumnos reconocieron abiertamente que el dispositivo puede convertirse en un foco de distracción dentro del aula. “Hay compañeros que lo usan para no hacer nada”, admitió uno de ellos, sin evasivas. En esa misma línea, otros coincidieron en que limitar su uso en determinados momentos podría mejorar la atención y el rendimiento académico, especialmente durante las explicaciones o evaluaciones.
Esta autocrítica revela una madurez importante: los estudiantes no solo piden derechos, también reconocen responsabilidades. Y eso, en sí mismo, abre una puerta interesante al diálogo con docentes y autoridades educativas.
El rol del docente como regulador
En muchos establecimientos, según relataron los propios alumnos, el uso del celular ya está mediado por la supervisión del docente. “Lo usamos cuando nos piden”, señalaron, aunque también admitieron que en ocasiones recurren al dispositivo a escondidas, cuando la tentación supera la disciplina. Varios contaron que algunos profesores recorren los bancos para controlar el uso durante las clases y que, ante un uso indebido, proceden a retirar los equipos temporalmente.
Este esquema informal de regulación, que ya funciona en muchas aulas, parece ser el modelo que los propios estudiantes validan y con el que se sienten más cómodos: una convivencia con reglas claras, aplicadas con criterio y sin autoritarismo.
El problema real de una prohibición total
Más allá de lo pedagógico, los alumnos señalaron una preocupación práctica y concreta que no puede ignorarse: gran parte del material educativo llega hoy a través del celular. “Nos mandan PDFs o trabajos al celular; si no lo podemos usar, tendríamos que imprimir todo”, explicó un estudiante, poniendo el dedo en la llaga de una realidad que muchos docentes y directivos también conocen bien.
En un contexto donde no todos los hogares cuentan con computadora o acceso a internet de calidad, el teléfono móvil se convirtió —especialmente desde la pandemia— en la principal ventana digital de miles de jóvenes. Prohibirlo sin ofrecer alternativas reales equivaldría, para muchos, a cerrar esa ventana sin abrir ninguna otra.
Un desafío colectivo
Así, con posturas diversas pero que confluyen en un punto esencial, los estudiantes dejan en claro cuál es, a su entender, el verdadero desafío: no se trata de eliminar la tecnología del aula, sino de aprender a convivir con ella de manera responsable. El celular llegó para quedarse, y la discusión ya no pasa por si debe estar o no en la escuela, sino por cómo integrarlo de forma que sume al aprendizaje sin restarle profundidad.
La conversación sigue abierta, y cada vez más actores del sistema educativo —alumnos, docentes, familias y autoridades— tendrán que sentarse a construir juntos esa respuesta.
Comunicador Ulises Ávila Formosa Hoy — formosahoy.info